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6 noviembre 2009 5 06 /11 /noviembre /2009 16:25

En la ciudad de Sylvia  

 Por Guillermo Trunzo


¿Existen esas ocasiones en las que seguimos nuestra más íntima predilección, en las que nos abandonamos totalmente, haciendo algo que nos apasiona? ¿Hay momentos en que lo que estamos haciendo es definitivo, y no estamos dejando nada para otro día? Y en esos momentos, quién es esa llama que nos mueve?  ¿Es eso acaso Sylvia?

Guerín nos sorprende congelando la inmediatez de la ficción: nos saca del rol pasivo y nos involucra en la construcción de lo aparente: la imagen del protagonista en la cama está congelada? Se paró el proyector? No, al final se mueve y comienza a dibujar… La calle está siendo registrada documentalmente, o es una coreografía artificial? El protagonista sale de cuadro, pero la cámara no lo sigue… se queda fija, y asistimos a un desfile de sonidos, transeúntes, bicicletas, tranvías, empezamos a respirar la ciudad de Estrasburgo… todo nos lleva a sobrevolar la circunstancia de la historia, y pensar cómo vemos nosotros, espectadores, al mundo. Viendo cómo “mira” otro espectador.

Su anacronismo, resaltado por algunos detalles de su atuendo, - y claramente materializado en un plano donde se lo muestra en un banco de piedra con una gárgola medieval al lado, y una mirada lejana, posada en unos chicos que juegan, pero tan lejos de ellos -, y su anonimato, lo hacen universal, es el anhelo inefable del hombre sensible, del artista, por algo indefinible, inasible y huidizo… un momento de belleza para poder congelarlo en el tiempo, una búsqueda de capturar la infinita gestualidad femenina en una imagen, y entregarse a esa tarea con deleite, con pasión.

Parece que en su camino alguna vez se topó en esa ciudad, extraña para él, con una mujer a la que no fue capaz de conocer, y por la que luego desarrolló una idealización sólo existente en su delirio; y como un espectro, busca en la ciudad algo que sólo está en sus sueños. Podemos verlo como los desvaríos de un inmaduro que no logra ser un hombre, pero podemos elegir verlo como la búsqueda precisamente de su misión como hombre, lo que lo impulsa y le da satisfacción a su vida. Como sea, algo le falta; y Guerín nos muestra al comienzo del film un rengo que camina con dificultad, pero que sin embargo lo hace con entusiasmo y con un ramo de flores en las manos, convencido de que va hacia lo que quiere.

Puede el “flaneur” de Guerín encontrar lo que busca evocándolo desde la memoria? No, lo que “es”, es dinámico, veloz, es siempre nuevo, está vivo; y lo que es una construcción de la mente, de la memoria, nos es mostrado como veloces y cambiantes reflejos de la luz y las sombras de las hojas mecidas por el viento, de bocetos inacabados en un cuaderno de notas con cuyas hojas juega ese viento, y a los que el dubitativo dibujante tacha y reescribe continuamente. Lo fugaz; lo perecedero de los momentos de belleza, que se escurre entre los cabellos al viento de una desconocida, en el gesto de un rostro o una mirada que cambia de matiz completamente en una fracción de segundo, en capas de rostros que se mezclan con otros en los reflejos de los cristales del tranvía, en momentos de frágil armonía que repetidamente se quiebra con vasos y tazas con líquido que vuelcan, con celulares que suenan, con el tren que irrumpe en medio de un plano melancólico. Y tal vez ese anhelo que no puede ser satisfecho, es necesario para el artista, ese “estar rengo”, personificado en un ser inalcanzable con el nombre de “Silvie”, que lógicamente no puede perder su magia, banalizarse, materializándose. Lo más cerca que llega a estar de encarnarse el espíritu de Silvie, es en el primer plano de Pilar López, en el que su rostro aparece enmarcado con el fondo del rosetón de la catedral, como dándole una pátina de divinidad… Y en una luz de día a través de nubes, por un momento se produce un claro y sobre esta figura resplandece el sol… por unos segundos… para volver a nublarse. Y al final del film, el rengo con el ramo de flores vuelve a pasar, raudo, sin detenerse. El efecto se multiplica en otros planos, con los carteles declarando la pasión por la inalcanzable Laura de Petrarca, y otros rengos.

La parte narrativa no avanza, el relato se demora y juega con múltiples capas visuales y sonoras simultáneas. Es en el “mientras tanto” donde transcurre el deleite, el simple disfrute del cine. Guerín se libera de la historia, y se permite un juego casi adolescente admirando mujeres. Encuentra, sin embargo, el estado de gracia por sustracción: elimina lo superfluo, como las chucherías del vendedor ambulante, que son ridículas e innecesarias, como el circense sombrero que cubre del sol tibio al hombre negro, y encuentra lo escencial.

El absoulto de belleza – la divina Sylvia- parece una entidad de orden sobrehumano, cuya gracia puede posarse efímeramente en distintas mujeres, en distintos momentos. El buscador juega con la multiplicidad de formas y de mujeres en la que esa gracia por momentos aparece, como con Pilar López en el tranvía, con una chica circunstancial que conoce la noche de “Les aviateurs”, con la chica que atiende el bar del Conservatorio… Hasta le compró un encendedor al vendedor de chucherías… pero de pronto, a través del cristal de la ventana ve otra vez un esbozo de su pasión, ve que lo que tenía a su alcance no era “el absoluto”, lo deja y vuelve a correr por las calles… es que parte del encanto de ese ideal que el artista busca, esa trascendencia que puede tener su obra si logra reflejarlo, tiene que ser su condición de que huye, de que se escapa… como las mujeres que corren huyendo de la cámara en la calle. Y la única que nos espera inamovible, como la irreal chica de un negro espectral en sus ojos, en su maquillaje, que no le huía la mirada en “Les aviateurs”, es la muerte…

No sabemos si a este artista le será concedido el don del milagro, si podrá o no atrapar en una página, en un lienzo, en una novela, o en un film una epifanía, una pincelada de lo divino y universal que la vida nos muestra fugazmente. Pero podemos disfrutar de la búsqueda, del goce de verlo insinuarse en las miradas, en los gestos, en la exquisita música, y en los juegos de la profundidad de campo de la lente, en esa interminable escena del bar del Conservatorio, cuyos últimos minutos son para mí uno de los mayores logros del cine… llena de significado, y sin una palabra… como el afiche de la parada del bus, y como luego le dice Pilar López al protagonista, shhh…

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Published by gisela manusovich - en TRABAJOS DE ALUMNOS
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