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5 octubre 2010 2 05 /10 /octubre /2010 17:32

Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir

 

Por Pablo Seoane

 

con-animo3.jpg En toda historia de amor, hay desencuentros, tristezas, alegrías, casualidades, causalidades y, sobre todo, pasión. Con ánimo de amar (Hong Kong, 2000) no le escapa a ninguno de esos elementos, pero además nos viene a decir que con apariencias e insinuaciones no alcanza para vivir experiencias superadoras. En la misma línea, refleja que existen momentos únicos e irrepetibles que requieren de una decisión tajante. Y en consecuencia, que en ciertas situaciones, las tibias señales pueden llevarnos a perder lo más preciado. Es que no siempre existe un escenario posible para que por decantación aparezcan las resoluciones mágicas. Y a partir de ello, es dónde reside uno de los conceptos principales del film: el peso de los mandatos.

 

Según estos, el destino ya está escrito y todo aquello que suceda tendrá sus razones de ser. Por eso, la señora Chang (Maggie Cheung) y el señor Chow (Tony Leung Chiu Wai) no logran explicarse por qué sus parejas han decidido abandonarlos para vivir un romance entre ambos. Así entonces, quedan paralizados ante la falta de un libreto que les indique cómo seguir. Es que los mandatos imponen límites, molestan, sofocan, pero, esencialmente, no explican –al menos de forma saludable- cómo actuar ante un duro revés del destino. ¿Tal vez haya que autoinculparse, reprimirse, condenarse al ostracismo? O ¿Sacarse la bronca, dar pelea y redoblar la apuesta? Ellos no lo saben, no contestan.

 

Y esa falta de respuestas se expresa tanto en la impavidez de los protagonistas, como en su aletargamiento. De ahí que muchas secuencias transcurran en cámara lenta. De ahí también, los silencios incómodos, el tedio de la rutina laboral y ese inmenso reloj que se impone por sobre la figura de la señora Chang en su lugar de trabajo, quien queda desdibujada por la densidad del tiempo que la atraviesa. Una metáfora que alude a los momentos de tristeza, en los cuales pareciera que el devenir inexorable de las agujas del reloj se detiene.

 

Pese a estar inmersos en una atmósfera de alta densidad, los protagonistas no logran revelarse: no se permiten sacar afuera su dolor, su enojo, su ira, su venganza. Se contienen, sufren, se excitan, se ilusionan, se buscan, pero no se terminan de encontrar. Otra vez, es el peso de los mandatos que les propone sensaciones encontradas. Los mismos mandatos que cobran forma en la figura de la señora Suen, la dueña de la pensión en la que los protagonistas son vecinos; en la mirada juzgadora del jefe de la señora Chang; en la vestimenta de ella, cuasi castradora; en el prolijo pelo peinado de Chow que permanece inmutable, aunque en el interior de su cabeza sople un torbellino. En otras palabras, ellos quieren resistirse, pero no se animan a esquivar la mirada de los otros. Entonces simulan, se esconden, se reprimen, se pierden. A punto tal, de ser capaces de dejar escapar una verdad que se le espeta contundente delante de sus caras. 

 

El sabor amargo de un desengaño le pesa a cualquiera que respire el aire de este mundo. Lo lleva a transitar por terrenos estrechos, sinuosos, oscuros, solitarios, agobiantes. Por los vericuetos del alma que tienen su correlato en los pasillos angostos, ambientes laberínticos, sobrecargados y espacios vacíos que muestra la obra de Won Kar-wai. Así las cosas, cómo juzgar a los protagonistas de esta historia. Quién puede sortear con comodidad la angustia, la confusión, el dolor y el aturdimiento provocados por el abandono de un ser amado. La cuestión, parece decir el film, está en qué hacer luego con todo ello para salir a flote. Con el ánimo y el deseo, no es suficiente. Quizás la respuesta se encuentre en la letra del tango de los hermanos Espósito: “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos”.

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Published by gisela manusovich - en TRABAJOS DE ALUMNOS
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