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3 junio 2013 1 03 /06 /junio /2013 16:41

Luminosa oscuridad

Por Paula De Giacomi

 

el ultimo elvisNunca creí que iba a ser tan difícil escribir sobre “El último Elvis”, pero a veces cuando una película toca nervios tan profundos, la razón parece hacerse a un lado y esa “distancia” que se necesita para analizarla se nos escapa de las manos, aunque igualmente vale la pena el intento.

 

Los créditos comienzan en silencio, un negro intenso y las grandes letras en blanco que nos evidencian que los contrastes son fundamentales en esta película, por lo menos en esto trataré de centrarme yo. Luego observamos en un ambiente oscuro, una escalera amplia de mármol sin nadie a la vista, que nosotros (junto a la cámara) subimos lentamente y donde luego, ese silencio se va convirtiendo en una música emblemática y la desolación en una fiesta luminosa llena de gente. Esta es la ambivalencia que vive el personaje, que recorre toda la película y que podríamos sintetizar como: lo “opaco” versus la “luz”.  

el-ultimo-elvis-2.jpgLa primera vez que conocemos a Carlos Gutiérrez lo vemos en su “parte brillante” (de Elvis) con un traje colorido, cantando en un escenario (no importa donde) y la cámara que lo rodea siendo él el centro de la situación. Después Elvis se convierte en hombre y esa misma figura sale de la perisferia del lugar, con su ropa de “gente común” a paso lento, para terminar en su casa (casi en ruinas) cenando solo enfrente a un sifón de soda. Quizás estos contrastes sean su realidad y su deseo, la luz de lo que querría haber sido y la oscuridad del vacío de lo que realmente es.

Y no importa como definamos su “diagnóstico”, si vive en una realidad delirante, si hay algo místico en su personalidad, o si es un problema de identidad (ni creo que me interese saberlo) lo que sí me parece interesante es ese mundo que Carlos necesita armarse para poder sobrevivir, o para poder sentir que hay algo en él diferente al resto de los mortales.

Y no podemos negar que cada recital que da, ya sea en un bingo, en una fiesta de casamiento o en un mismísimo geriátrico, esta atravesado por una pasión (y me animo a decirlo) envidiable.

Porque la traspiración de este personaje en escena y la voz que sale de sus cuerdas vocales es absolutamente real, mucho más real que cualquier traje kitsch o cualquier adorno excesivo que lo cubra. En esos momentos pareciera que el uniforme de obrero le “queda chico”, como el pequeño espejo redondo y borroso en el que se mira, y él parece ser el único viviente atravesando el cementerio de objetos chatarra (o por lo menos así parece percibirlo él). Entonces vuelve a su casa y cierra las ventanas para no mirar más hacia “afuera”, porque ya lo único que importa es lo que esta dentro de su cabeza, y toma pastillas para adormecer esa realidad tan lejana a Memphis. el-ultimo-elvis-bingo.jpeg 

 

No se muy bien cómo interpretar lo que sigue en la película a partir de ese momento. Si realmente viajó a Estados Unidos a morir (o a trascender, de alguna manera) como lo hizo su ídolo, o si fue en ese momento que esas mismas pastillas lo llevaron... a ningún lado y todo el resto es lo que hubiera deseado que fuese su final, aunque sea en el museo de lo que alguna vez fue la casa de un “personaje” como Elvis (el “como si” en su máxima expresión). Quizás nunca se levantó de la cama esa tarde, ni se sacó de encima la manta con la cara de tigre (ese tigre parecido al que vemos al final de la película) porque justamente se dio cuenta que ese uniforme “azul” era lo que le “tocaría” por el resto de sus días. O quizás sí viajó y cumplió su último (y humilde) deseo.

Demasiadas preguntas tengo en la cabeza y ninguna certeza. Sólo que en algún lugar muy adentro mío admiré (sí, admiré) esa magia que sentía este personaje cada vez que agarraba el micrófono, admiré la capacidad de voluntad de seguir un objetivo (aunque ese objetivo nos parezca descabellado) y en todo caso quiénes somos nosotros para decirlo. Porque lo que puede parecer cobardía, por momentos me pareció coraje, tan opuesto como suena, tan ambivalente como la dicotomía que constantemente nos plantea la película, aunque quizás también puedan convivir ambas instancias. Y también aparece el miedo (en la escena de la cama con su hija) y la duda (cuando esta por pedir la limousine) pero también la certeza (cuando mira al muñeco que le regaló su hija moviendo la cabeza diciendo que “sí”). La contradicción es tan extrema como no salir de la habitación o viajar en avión a América del Norte, o sentirse en el Madison Square Garden, pero estar cantando en el Bingo de Avellaneda con un público que lo único que le interesa es sacar el número de la suerte (aunque sabemos que la suerte siempre le toca a unos pocos).

El último tramo de la película nos muestra el contraste entre la partida de una casa solitaria y lúgubre, con el rostro serio y pensativo y la llegada a soleados paisajes exteriores, con la sonrisa en la cara como un chico que le acaban de regalar el mejor juguete del mundo. La misma oposición entre la blanca fachada de la casa de Elvis y esa puerta despintada que el-ultimo-elvis-hielo.jpeg Carlos Gutierrez  cerró (o quizás no) por última vez.

 Y me acuerdo de una frase de Jung que (casualmente) leí hace poco: “aquel que mira afuera, sueña, quien mira adentro, despierta”. Quizás Carlos Gutiérrez nunca “despertó” y sólo se dedicó a “soñar” o quizás por haber “despertado” realmente, eligió “partir”.

 

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Published by gisela manusovich - en TRABAJOS DE ALUMNOS
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