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24 mayo 2010 1 24 /05 /mayo /2010 16:35

El bastardo errante

 

219bfrm.jpgPor Lic. Gisela Manusovich

www.elcineenlamirada.com.ar

 

Cuando José Pablo Feinmann escribe sobre el encuentro entre el pianista polaco Szpilman y el oficial nazi, habla de la experiencia de lo absoluto, de la existencia de un yo-tú eterno, un espacio de lo sagrado en lo humano, una chispa de lo divino que penetra lo temporal. La vibración de Chopin en las manos del pianista anula de alguna manera las diferencias particulares de cada uno y en cambio potencia las equivalencias universales que los define como seres sensibles.

En Bastardos sin gloria se despliega el mismo proceso, pero las equivalencias en este caso no tienen que ver con la Belleza ni con la sensibilidad de lo sublime. Lo que homologa en este caso a todos es la experiencia de otro Absoluto: lo horroroso, la pasión universal del odio.

Sólo es cuestión de un juego de roles. Bastardos sin gloria pareciera desafiar la Historia para no modificarla en su esencia y así señalarla como la gran simuladora autoconsciente de su odio inmutable que va pasando, a lo largo de los siglos, de bandera en bandera, de idioma en idioma.

De mano en mano, como van pasando las cartas en el juego de la identidad enigmática pegada en la frente con la saliva del jugador de al lado.

Los ojos judíos que miran el show de Landa desde abajo; los ojos nazis que miran el show de la judía allá arriba.“Las señoritas” que hace pasar Landa a la cabaña para que ejecuten la masacre; la verdadera señorita que masacra a los nazis de la misma forma que ellos lo hacen, con cámaras y asfixia.

Los espacios de arriba y abajo son permanentemente representados variando su connotación moral: en la escena de la cabaña, los judíos son las ratas que están abajo y son mostrados como tales con ángulos cenitales. Asimismo, en la escena final del cine son los nazis los que ocupan el lugar de las ratas y son mostrados de la misma forma.

Landa y Aldo Raine son los referentes de bandos contrarios, tan opuestos, tan distintos, tan extremos que terminan por parecerse de manera asombrosa. Ambos fueron encomendados para una tarea y la llevan a cabo con destreza. Sin importar realmente a qué responden esos encargos, desempeñan sus respectivos roles, vistiendo sus uniformes adecuados y respondiendo a una identidad cultural de manera tan sobreactuada que denuncia la fachada.

La eficacia  de la deducción alemana y el pragmatismo heroico norteamericano se dan cita en Bastardos de la mano de apariencias evidenciadas como tales. Al teniente americano nunca perece importarle bastardos-sin-gloria.jpgdemasiado las fundamentaciones ideológicas, solo lo excita la acumulación de cabelleras y mejorar su técnica de grabado. Landa por su parte no deja ambigüedades sobre su condición de mercenario.

Las identidades se duplican, los escenarios reales parecen puestas en escena -como el inicio de la cabaña- y las puestas en escena tienen el poder de lo real -como el cine o la película de Zoller-.

La contienda bélica es una gran puesta en escena, en ella se enfrentan las máscaras, las cartas en la frente, los uniformes y los acentos y en todo este artificio se aloja la verdad.

Bastardos desplaza la representación de la crueldad desde los nazis hacia el bando opuesto en dosis muy reducidas, y todo se hace verosímil: el goce del teniente  Aldo Raine cuando marca las frentes de los nazis, el paroxismo del odio cuando un bastardo agujerea a Hitler, la risa extremadamente cruel de Shoshana desde la pantalla del cine mientras los nazis se queman vivos.

Y funciona, porque el odio no sabe de bandos, el odio es ese universal que se coló por entre las ropas de los nazis, los americanos y los judíos; el odio es una experiencia de lo absoluto porque iguala y aniquila a todos por igual; el odio no tiene identidad, es un bastardo errante, es un bastardo sin gloria.

Me gusta ver en Bastardos sin gloria una gran película antibélica, un relato que señala el artificio de las guerras como meros disfraces, puestas en escena, síntomas del odio universal que nos constituye como especie.

José Pablo Feinmann. “Chopin, el bicentenario de todos” contratapa en Página/12. 4/4/2010

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Published by gisela manusovich - en MIS CRITICAS Y ANALISIS
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