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Hay en Volver varios signos y símbolos que llaman mi atención, hay en Volver una fascinación que me permite verla una y otra vez. Este barroco español, este mosaico multicolor se hace presente durante toda la película y es intensamente rico y emocionante.

El razonamiento frío y metódico me lleva a un camino en donde predomina el arriba y el abajo. El arriba como aquello que es seguro, medible, rutinario, en donde existe la seguridad, en contraste, con el abajo, aquellas cosas no resueltas, el mundo de lo esotérico, aquello del subconsciente diría Freud (acaso un pasado) que lucha por emerger, por salir a la luz pública, como la sangre en la toalla de cocina, como las lápidas que se limpian en el pueblo, como el falo de Paco que Raymunda se encarga de guardar bajo el jean.

Es ese pasado que vuelve, es aquel subconsciente que se da la vuelta, que se posiciona en el arriba y que Raymunda se encarga de cortar y de sanar. Es asimismo ese arriba el que anuncia una presencia de otro mundo cuando Sole se encuentra con su madre o cuando la misma Raymunda “asciende” para verla. No me imagino esta riqueza gráfica, esta historia sin su buena dosis de realismo mágico. Aquel realismo de pueblo supersticioso que cree en presencias fantasmales y que pone mucho hincapié en los sentimientos y en la intuición.  

Es aquel pueblo testigo de terribles secretos, en donde el incesto está presente y los trapos se lavan dentro de casa. Donde la legalidad policial no existe y en donde creer va mucho más allá de la fe.

Es por eso, que Raymunda afronta ese pasado sola y se crea una hermosa simetría entre el congelador que contiene el cuerpo de Paco, que cae dentro de la fosa dándose una vuelta, es decir, que ingresa al mundo de los muertos: abajo y cuando Raymunda da vuelta un pastel, trayendo a su madre del mundo de los muertos a la vida: arriba, para reconciliarse y sanar el ciclo. Son estas exquisitas simetrías las que representan a la España supersticiosa, la España pueblerina y folclórica, con peluquerías clandestinas, maquillajes recargados y sensualísimas mujeres.

Ahora bien, hay otra lectura de Volver que lucha por salir. Dicha lectura es mucho más íntima, mucho más sensorial e intuitiva y que se aleja del factor racional. Y que en este caso, tratándose de Volver, no podría sino rendir tributo a su esencia.

Entonces, mi atención se centra en el afiche de la película, en aquella fotografía, en aquellos ojos. Es esa mirada intensa la que caracteriza a Raymunda como ninguna otra.

Son esos ojos los que me llevan a pensar en las mujeres como género, en su naturaleza, en lo que, como ya se había mencionado, son capaces de hacer y que sin embargo se presentan frágiles e ingenuas.

Es esa mirada, la que guarda una absoluta sensualidad, es aquella mirada a punto de llorar, esquiva y perdida la que intriga, la que emociona y que sin embargo no se perturba. Es la mirada de aquellas mujeres que salen todos los días a trabajar, que se sacrifican por los suyos y que son capaces de perdonar, arreglar y sanar las embarradas que los impulsos masculinos causan. La misma que Paco intenta evadir cuando le confiesa que ha perdido el trabajo. La misma que utiliza cuando guarda el sexo de Paco luego de sacarle el cuchillo. La mirada con la cual se topa Emilio en la puerta de casa. Aquella que el joven productor de cine intenta seducir. Son aquellas miradas las que desconciertan, las que intrigan y que se vuelven indescifrables, las que uno intentará deducir y que sin embargo se ocultan más profundo que las mismas tumbas. Son las miradas de las madres, de las esposas, de las amantes, de las vírgenes (Paula), del universo femenino que aprenden a ocultar y maquillarse frente a nuestra curiosidad inquisidora.

Es ahí cuando recuerdo la imagen de Raymunda cantando “Volver”. Es ahí cuando aquellos ojos se despojan de toda máscara, de todo maquillaje y se pierden en lágrimas y ven igual que en el afiche, se pierden en el horizonte y recuerdan un pasado tormentoso que solamente ellas conocen y que solamente ellas saben remediar. Es tan fuerte esta escena, que hipnotiza. Por todo lo que significa, por todo lo que conlleva. Es en estas circunstancias, cuando, por fin Raymunda se quita el velo, aparece la ternura, el recuerdo y obviamente la melancolía.

Ahí, precisamente, ahí se produce la conexión entre ella y su madre que la observa escondida en el auto. Es una conexión que va mucho más allá de las palabras y que se mueve por el lado sentimental y femenino.

Es esa mirada la que se contagia a otros personajes y que dan fe de un valor absolutamente femenino. De la fuerza que tiene y que sin embargo se deja consentir por lo masculino.

Es por eso, y para finalizar, que Volver más allá de contar una historia de tres generaciones femeninas unidas por la sexualidad y el incesto, habla sobre lo femenino en todas sus facetas y desde distintos ángulos.  

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